martes, 1 de abril de 2014

Historias: La fiera enjaulada

Era la tercera vez que no permitía salir de la habitación desde que nos habíamos casado, y esta vez ni siquiera sabía porqué. La primera vez fue porque me pidió que me pusiera de rodillas sin más explicación a lo que me negué. Él acabó tirandome al suelo, dándome un par de patadas y dejándome encerrada durante dos días. La segunda vez fue porque acabé harta y le contesté aunque sabía que no debía hacerlo, pero me planté y le dije que si volvía a ponerme la mano encima se lo haría saber a mi padre o a mi hermano, y que terminarían por cortarle la cabeza. Aquello fue seguido de una paliza y de una semana sin salir. Los guardias siempre decían lo mismo: "Son órdenes de lord Crakehall, por su seguridad". Si alguien de allí le importase mínimamente mi seguridad no solo me abrirían la puerta, sino que me darían un caballo para irme bien lejos.

Inconscientemente no podía evitar pensar en qué había hecho, la noche anterior solo le había visto en la cena y casi no habíamos hablado, era imposible que lo hubiera disgustado. Pero fríamente sabía que era un pulso, que no necesitaba un motivo para hacerlo, y que precisamente si hacía estas cosas en los momentos de tranquilidad, solo conseguiría quebrarme más que haciéndolo tras una discusión.

Abrí la ventana y me senté en el borde de la cama más cercano a ella, intentando respirar el aire exterior. Me preguntaba cuanto más podría durar esta lucha, no la que tenía con mi esposo, sino la que tenía conmigo misma. Una parte de mí me decía que tenía que resistir, yo era una Lannister, me habían llegado a llamar lengua de oro, tenía que ser más lista, tenía que fingir y esperar. Pero otra parte de mí se preguntaba ¿Esperar a qué? No iba a salir de allí, las cosas no iban a mejorar. Ya no era una Lannister, ahora era lady Crakehall y no había vuelta atrás.

Me preguntaba si mi dolor sería menor si no hubiera tenido una alternativa. Si aquello me estaba pasando por los pecados que había cometido. Si no supiera que aquello que hacía mi marido no era cosa de hombres, que existían los que no se comportaban así en privado. Pese a todo había intentado poner mi deber con mi familia y con mi reino por delante, y había cumplido para ser recompensada de esta manera. Volví, me separé de mi hija, me negué a quedarme con él y ser su amante... Para casarme y no solo recibir palizas, sino vivir limitada, despreciada, sin conversaciones estimulantes, sin noches excitantes, para vivir sin ningún tipo de placer o alegría.

Me limpié las lágrimas con rabia, no servía de nada darle vueltas a aquello, era tarde para arrepentirse, la decisión estaba tomada. Y sin embargo me levanté y rebusqué en mi joyero hasta encontrar el colgante que había traído de Dorne. Era una fina cadena de oro y cobre de la que colgaba una leona sentada, hecha del mismo material. Era lo único que había traído de allí porque él me lo había regalado, con el símbolo de mi casa, esperando que pasase desapercibido entre el resto de mi joyería. Y así había sido, pero yo sabía de dónde venía. Lo apreté en mi mano, cuestionandome si me parecía más humillante ser la esposa sumisa y asustada de un déspota o seguir enamorada de un hombre al que por orgullo y responsabilidad, había dejado atrás.

No hay comentarios:

Publicar un comentario