jueves, 14 de julio de 2022

Historias: Herida

Nunca había sentido un dolor igual. Podía notar como el estómago se encogía, no ligeramente como si estuviera nerviosa, sino de forma intensa, como si me lo estuvieran apretando por dentro. A eso se sumaron otras sensaciones, notaba una losa en el pecho que no me dejaba respirar, un nudo en la garganta que no me dejaba tragar, mis boca estaba seca y a su vez notaba que los ojos comenzaban a humedecerse.


Bajé la cabeza apartando la vista, no solo porque no soportase verle, sino también para evitar que la gente se fijase en mi rostro, porque seguramente delataría que algo no iba bien. Tenía una imperiosa necesidad de huir de allí, pero a su vez la idea me aterraba. Estaba bastante segura de que él no me había visto, y temía que si me movía hacia un punto menos concurrido lo hiciera. Maldije toda mi vida, le maldije a él, a mi familia, a mi matrimonio con mi estúpido y detestable marido que desde que tenía un puesto en el consejo privado y yo era la dama de compañía de la princesa, se había empeñado en que vistiera de forma opulente y ostentosa, acorde a nuestra posición, según él. Con el recargado vestido dorado que llevaba, pese a que llevaba el cabello recogido, temía que se fijaría en mí y me reconocería. O quizá era eso lo que quería creer, que él repararía en mí y me reconocería cuando bien podía haberme olvidado. Él era libre, podía ir hacia donde quisiera, acostarse con quien quisiera… Pero para mí él era el mayor amor que yo había conocido. A veces me preguntaba si mi matrimonio sería más soportable si no le hubiera conocido, si no tuviera alguien con quien comparar a mi esposo y a cada golpe o desplante pudiera decirme a mí misma que los hombres son así. Pero por culpa de Anduyn yo sabía que no lo eran. Él jamás me habría hecho daño u obligado a hacer algo que yo no quisiera. O quizá de nuevo eso era lo que quería creer y sí sería capaz de comportarse así, solo que yo no le conocía lo suficiente o en ese ámbito.


Cuando me creí más calmada volví a levantar la cabeza e intenté prestar atención a la conversación que mantenía mi marido con otra pareja. Ni siquiera parecían haber reparado en mí y tampoco parecían deseosos de incluirme en la conversación. Por un momento estuve tentada de volver a mirarle, pero no debía ceder, por lo que me obligue a escuchar a mí marido fanfarroneando sobre no sé qué tierras fértiles. Pero no lograba centrar mi atención en aquello, mi mente recordaba una y otra vez el fugaz instante en el que le había visto ¿Estaba más delgado? Sus facciones me habían parecido más marcadas… Me dijo que pese al rumor que circulaba, su cojera no era producto de una enfermedad, pero quizá se equivocaba y sí lo era, y además le estuviera pasando factura…O que simplemente estuviera más delgado porque sí. O que ni siquiera lo estuviera y me lo pareciera por la inusual barba de días que lucía, no estaba segura de lo que había visto, estaba pensando y sintiendo demasiadas cosas a la vez y ya no distinguía mi imaginación de la realidad. Tenía que calmarme, tenía que coger perspectiva, tenía que tomar el riesgo y alejarme.


Esbocé una sonrisa falsa y pronuncié un “disculpadme” ante la pareja con la que hablaba mi marido, a su vez que puse mi mano en el hombro de este. Él me miró un momento por encima del hombro y volvió a la conversación. No parecía molestarle que me ausentara, y eso me proporcionó algo de alivio, lo último que necesitaba era otra discusión absurda. Me giré y eché a andar, agarrando la copa que llevaba con ambas manos, aferrándome a ella como un marinero al mástil en mitad de una tormenta. No quería moverme demasiado rápido para no llamar la atención, no quería mirar hacia los lados por miedo a encontrarmelo… Solo quería que no me viera. Cuando conseguí salir del salón, todavía estaba temblando, y me detuve sin saber a dónde ir. No quería ir a la habitación que compartía con mi marido, y tampoco quería pasear y arriesgarme a encontrarme a gente que se diera cuenta de mi estado de pánico y cotillease sobre él en el salón. Pese al barullo, conseguí oír atenuado el sonido del mar y lo seguí. Abandoné el pasillo principal y recorrí uno bastante vacío hasta que di con un balcón que daba al acantilado y a la costa. Entré en él y me coloqué a un lado de la puerta para que nadie me viera. Me apoyé en la pared mientras apretaba la copa que me había llevado. Estaba triste, estaba frustrada, estaba furiosa. Quería llorar, gritar, echarme al suelo… Pero no podía, así que traté de concentrarme en respirar y dejar todo eso atrás, tenía que recuperar la calma. Tras unos minutos me bebí el poco vino que me quedaba y me acerqué a la barandilla. Miré hacia abajo, y mentiría si dijera que no había pensado en lanzarme al vacío, pero en lugar de eso miré al horizonte y lancé la copa tan lejos como pude.


-Podías haberla tirado en otro sitio, si llega a caer en manos de un crío del lecho de pulgas, vendiendola hubiera sacado suficiente para comer caliente durante una semana.


No. En aquellas circunstancias no hubiera aguantado una reprimenda moralista de nadie, pero de él, mucho menos. Al oír su voz toda la calma que había conseguido ganar se había esfumado, y solo sentía angustia y ganas de llorar. Si le veía, sabía que me derrumbaría, así que ni tan siquiera me giré, solo me agarré a la barandilla y cerré los ojos con fuerza. Por momentos, la idea de arrojarme se hacía más atractiva.


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